¿Por qué hay tanto hate últimamente? El impacto del odio en redes en nuestra salud mental
Llevas semanas (o incluso meses) esperando las vacaciones. Has contado los días, imaginado el destino y fantaseado con dormir más, desconectar del trabajo y volver con más energía. Sin embargo, llega el primer día de descanso y, en vez de sentir alivio, tu cabeza sigue funcionando al mismo ritmo de siempre.
Sigues revisando el correo ‘por si acaso’, te cuesta estar sin hacer nada, llenas la agenda de planes o sientes un poco de inquietud cuando por fin tienes tiempo libre.
Si te resulta familiar, no significa que lo estés haciendo mal. Lo que pasa es que el cuerpo no cambia de ritmo de un día para otro. Después de semanas o meses de estrés, es normal que el sistema nervioso siga funcionando en un estado de activación, aunque ya no exista una exigencia inmediata.
Por eso, si este verano quieres descansar de verdad, quizá la preparación no empiece al hacer la maleta, sino unos días antes.

¿Qué entendemos realmente por ‘hate’ en redes sociales?
No estar de acuerdo con alguien no es hate. Criticar tampoco lo es.
Podemos debatir, cuestionar o expresar una opinión negativa sin atacar a la persona que tenemos delante. El problema aparece cuando el desacuerdo deja paso al desprecio, la humillación, el insulto, la amenaza o el ataque personal.
En internet, además, existe un ingrediente particular: la distancia.
Cuando escribimos detrás de una pantalla desaparecen muchas de las señales que normalmente regulan nuestras interacciones. No vemos inmediatamente la expresión de la otra persona, su incomodidad o el efecto que tienen nuestras palabras.
A esto se suma la sensación de anonimato que proporcionan algunas plataformas. Es lo que en psicología se conoce como efecto de desinhibición online: podemos llegar a decir o hacer en internet cosas que probablemente no haríamos cara a cara.
El resultado es un entorno en el que determinadas conversaciones escalan con una facilidad sorprendente.
¿Hay más odio en redes sociales o simplemente lo vemos más?
Es difícil responder con un simple sí o no.
Lo que sí sabemos es que las redes sociales compiten constantemente por nuestra atención. Y las emociones intensas son especialmente buenas consiguiéndola.
La indignación, el miedo, la sorpresa, el enfado o la frustración pueden hacer que nos paremos a leer, comentemos o compartamos una publicación. Para una plataforma que necesita mantenernos mirando la pantalla, eso es importante.
Por eso, aquello que aparece en nuestro feed no es necesariamente una representación proporcional de lo que piensa la mayoría de las personas.
Es una selección. Y lo polémico suele tener muchas papeletas para entrar en ella.
Además, nuestro cerebro tiene cierta tendencia a prestar más atención a la información negativa que a la positiva. Es el llamado sesgo de negatividad.
Desde un punto de vista evolutivo tiene bastante sentido: detectar rápidamente una amenaza era más importante para sobrevivir que detenernos a contemplar algo agradable.
El problema es que ese mecanismo sigue funcionando cuando la supuesta ‘amenaza’ es una discusión entre desconocidos en TikTok.
Quizá no todo el mundo esté más enfadado. Pero el enfado hace mucho ruido.

Tu cerebro no sabe que ‘solo estabas leyendo los comentarios’
No necesitamos ser protagonistas de una discusión para que nos afecte.
Imagina que llevas veinte minutos leyendo comentarios llenos de insultos, desprecio y enfrentamientos. Aunque ninguno esté dirigido hacia ti, tu cerebro está procesando continuamente señales de conflicto.
Y esa exposición repetida puede tener consecuencias.
Podemos terminar más irritables, tensos o pesimistas. Puede aumentar nuestra sensación de que los demás son hostiles o de que vivimos en un entorno mucho más agresivo de lo que realmente es.
También podemos entrar en un comportamiento muy habitual: seguir consumiendo precisamente aquello que nos está haciendo sentir peor.
‘Solo voy a leer un comentario más.’ Y veinte minutos después seguimos ahí.
Es una dinámica parecida al doomscrolling: continuar desplazándonos por contenido negativo aunque notemos que está afectando a nuestro estado emocional.
La curiosidad, la incertidumbre y nuestra sensibilidad hacia las amenazas forman una combinación bastante eficaz para mantenernos mirando.
Cuando el hate va dirigido a ti
La situación cambia cuando dejamos de ser espectadores.
Recibir comentarios negativos en redes sociales puede afectar mucho más de lo que nos gustaría admitir.
A veces intentamos quitarnos importancia diciendo:
‘Es una persona que ni siquiera conozco.’
‘Me debería dar igual.’
‘Solo es internet.’
Pero nuestro cerebro social no funciona exactamente así.
Los seres humanos estamos tremendamente orientados hacia la pertenencia. Durante gran parte de nuestra historia, formar parte de un grupo era esencial para nuestra supervivencia. El rechazo social, por tanto, tiene un peso emocional considerable.
A eso se suma nuevamente el sesgo de negatividad.
Puedes recibir cien comentarios positivos y uno cruel.
¿De cuál te acuerdas cuando te vas a dormir? Probablemente de ese.
No significa que los otros cien no importen. Significa que nuestra atención tiene tendencia a quedarse enganchada a aquello que interpreta como una posible amenaza.
El problema aparece cuando comenzamos a rumiar ese comentario, releerlo o preguntarnos repetidamente si quizá esa persona tiene razón.
Un comentario escrito en diez segundos por un desconocido puede terminar ocupando varias horas de nuestra cabeza.
¿Por qué alguien deja un comentario de odio?
Entender qué hay detrás del hate no significa justificarlo.
Pero puede ayudarnos a ponerlo en perspectiva.
El anonimato y la distancia emocional pueden reducir nuestra empatía. También resulta más fácil deshumanizar a alguien cuando lo que tenemos delante es una fotografía, un nombre de usuario o un avatar.
A esto pueden sumarse la frustración personal, la necesidad de pertenecer a un grupo, la búsqueda de reconocimiento o la polarización.
Cuando nuestra identidad está muy ligada a una determinada opinión, cualquier postura contraria puede sentirse menos como una diferencia de criterio y más como un ataque personal.
Y entonces la conversación deja de ser:
‘Yo pienso diferente.’
Para convertirse en:
‘Los que piensan diferente son el problema.’
Las redes sociales pueden amplificar esta dinámica creando comunidades en las que determinadas opiniones se refuerzan constantemente.
Entenderlo puede ayudarnos a recordar algo importante: la agresividad de otra persona dice mucho sobre cómo está interactuando con el mundo en ese momento, pero no determina nuestro valor.
Cómo proteger tu salud mental del hate
La solución no tiene por qué ser borrar todas tus aplicaciones y mudarte a una cabaña sin wifi.
Podemos aprender a relacionarnos con las redes de una manera algo más consciente.
El primer paso es observar cómo te sientes después de utilizarlas, no solo cuánto tiempo pasas en ellas.
Hay contenido que entretiene, inspira, informa o nos conecta con otras personas. Y hay contenido después del cual cerramos la aplicación más enfadados, inseguros o agotados que antes. Esa diferencia importa.
También puedes empezar a poner algunos límites:
- No tienes que terminar de leer una discusión. La curiosidad no te obliga a quedarte.
- Silenciar, dejar de seguir o bloquear también es autocuidado. No tienes que justificar qué permites entrar diariamente en tu espacio mental.
- Evita responder cuando estás emocionalmente activado. A veces, diez minutos de distancia cambian completamente la respuesta que habríamos escrito.
- Recuerda que tu feed no es el mundo. Es una selección algorítmica diseñada, entre otras cosas, para mantener tu atención.
- Si recibes hate, busca perspectiva fuera de la pantalla. Hablar con alguien de confianza puede ayudarnos a dimensionar un comentario que nuestra mente está magnificando.
- Si existe acoso, amenazas o una situación mantenida en el tiempo, pide ayuda. No todo tiene que gestionarse individualmente.
Y quizá una de las preguntas más útiles sea muy sencilla:
¿Esto que estoy consumiendo me está aportando algo o simplemente me está manteniendo enganchado?
Internet no es el mundo
Pasamos tantas horas delante de una pantalla que es fácil olvidar que aquello que vemos en ella modifica poco a poco nuestra percepción de lo que existe fuera.
Si todos los días vemos personas insultándose, podemos empezar a pensar que todo el mundo está enfadado.
Si constantemente encontramos enfrentamientos, podemos asumir que estamos más divididos de lo que realmente estamos.
Pero nuestro feed no es una ventana neutral hacia la sociedad. Es una selección.
Y fuera de ella siguen ocurriendo millones de conversaciones normales, gestos amables, desacuerdos respetuosos y personas ayudándose entre sí que probablemente nunca se harán virales.
No podemos controlar todo lo que alguien decide publicar. Pero sí podemos decidir cuánto espacio dejamos que ocupe en nuestra cabeza.
Cómo puede ayudarte la terapia cuando el hate empieza a afectarte
A veces no es solo un comentario. Es darle vueltas durante horas, compararte constantemente, sentir que necesitas la aprobación de los demás o notar que las redes están afectando a tu autoestima y a tu estado de ánimo.
La terapia online puede ayudarte a entender por qué determinadas opiniones te afectan tanto, trabajar la forma en la que te relacionas con la mirada de los demás y aprender a poner límites que protejan tu bienestar sin necesidad de desconectarte del mundo.
Porque no podemos controlar lo que otras personas dicen de nosotros. Pero sí podemos trabajar para que la opinión de un desconocido no tenga más peso que la nuestra.


Isabel Aranda
Artículo escrito y revisado por Isabel Aranda | Graduada en psicología, con n.º de colegiada M-13497. + 10 años de experiencia como psicóloga general sanitaria.
